No
habita la carne el cielo, solo crea retos al deseo. La mariposa empaña los
ojos, se desnuda despacio sin revolotear, quema la expectante vivencia. Aja
despojos de sutil recato. Dormita un instante y después se une al polvo, alimenta
la curiosa realidad que la rodea. Sin más queja se entrega. Alza un suspiro de
paz que lo llena todo, abandona lazos
sin cabida a falsedades. Decanta entre sus alas al destino que se enfrenta. Se alista para la batalla sin enemigos. A
merced de la tormenta asiente a conceptos desusados. Débiles palabras fraguadas
que no logran probar su madurez.
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